miércoles, 5 de julio de 2006

Catamarqueños contra la minería

Cuando culminaba el año 1972, la Asamblea General de la ONU resolvió designar el 5 de junio de cada año como Día Mundial del Medio Ambiente. Durante 2006, en Argentina, se ha debatido sobre medio ambiente quizá más que en varios años anteriores juntos. Si bien la situación de Gualeguaychú disparó un acelerado crecimiento en la conciencia social al respecto, muchos otros vecinos de dispersas regiones vienen luchando desde hace años, en general ignorados por los medios de comunicación y por el resto de la sociedad. Son luchas aisladas que, este día, intentarán elevar su grito al mismo tiempo.
Así como en el sur se realizó ayer un abrazo a los “bienes naturales” de varias localidades de Chubut, hoy será el turno de los vecinos de tres localidades de Catamarca que han unido sus peleas. Los departamentos de Andalgalá, Belén y Santa María crearon hace un mes la Alianza de los Pueblos de Catamarca. Como ya informó la Agencia en despachos anteriores, la primera acción conjunta será la de esta jornada, cuando realicen una Asamblea pública en la localidad de Belén.
En Andalgalá ya saben qué es la contaminación. Hace diez años que funciona allí el emprendimiento minero La alumbrera, pero ahora se agrega a la lucha la necesidad de evitar que se instale otro, tres veces mayor al anterior, y con el sugestivo nombre de Agua Rica.
Urbano Cardozo es vecino de Andalgalá. La escritura de la tierra que habita certifica que su familia está allí desde 1850. Tiene 70 años y se alegra de que sus dos hijas vivan en Córdoba: “no pueden, no deben –se corrige- vivir acá. No hay futuro. Acá hay muerte, no vida”, dice, y trasluce más tristeza que alegría.
Cuenta Urbano: “somos la tercera provincia en nivel de exportación minera, pero somos una de las más pobres del país. El problema no es la pobreza, porque siempre fuimos pobres, pero ahora, además, estamos enfermos. Ellos dice que sacan oro y cobre, pero los estudios que mandamos a hacer, con mucho esfuerzo, a Canadá, señalan que extraen 26 minerales y los procesan y venden en otros lados. Además dicen que no utilizan cianuro, pero para separar los minerales que se extraen no existe emprendimiento que no utilice cianuro, aunque digan por todos lados que sólo usan agua”.
Uno de los impactos más fuertes de los emprendimientos mineros, al menos a la vista, es el enorme cráter que generan en la tierra y que se realiza a pura dinamita: “eso que llaman pozo en la montaña, es un hueco de un diámetro de 3 kilómetros por una profundidad de 1 kilómetro, al menos en este momento. Pero ahora quieren hacer una mina tres veces más grande que esa. Imagináte que La alumbrera declara utilizar 100.000 litros diarios de agua y está secando las napas, ¿cómo no nos vamos a quedar sin agua? Yo invito, a modo de prueba, a que el que quiera saber cómo dejan el agua traiga a su perro a tomar de ella; ahí van a ver cuánto dura con vida luego de tomar ese agua. Algunos, más o menos el 20%, podemos comprar agua mineral, pero la mayoría tiene que seguir tomando ese agua que es casi agua de batería y se bañan con ella”.
También tiene reproches para el trato que se le da al tema en la ciudad: “en Buenos Aires, cuando hablan de las minas, hablan de los números que producen, nosotros hablamos de la vida y el agua. Yo estoy cansado de pelear por esto, llevo muchos años en esta lucha, pero le quiero decir a los funcionarios que todos los días aprueban nueva minas, que están entregando el país y son vende patria”, acusa con enojo, aunque sin modificar su tono tranquilo.
En todos los casos de proyectos de “industrias sucias”, así llamadas por el deterioro ambiental que producen, las empresas utilizan un denominador común para vencer la resistencia de los vecinos: les prometen que crearán muchas fuentes de trabajo. En localidades desprotegidas y abandonadas por los políticos, esas promesas crean ilusión. Estos emprendimientos de capitales suizos, australianos y canadienses no han sido la excepción. Es interesante conocer qué sucedió en Catamarca con La Alumbrera para derribar esa falacia: “decían que todas las fuentes de trabajo serían catamarqueñas. Qué serían cerca de 2000 puestos. Entre las tres localidades cercanas hay 150 personas que trabajan allí y dicen que tienen 6000 empleados, que son en su mayoría tucumanos o chilenos”.
Cardozo también denuncia las trampas que las empresas utilizan para conseguir los créditos necesarios para instalarse: “en Andalgalá somos 17.000, en Belén 20.000 y en Santa María otros 20.000 habitantes, que sufrimos esta realidad. Las empresas le dicen al Banco Mundial que existen 2000 campesinos en cada una de las localidades. Entonces el Banco les otorga créditos para que indemnicen a los más cercanos a la mina, pero existimos muchos otros que sufrimos las consecuencias. Aquí hay que ver a los zorros sin piel, las cabras deformadas o las gallinas enanas para entender por qué luchamos. Es más, hemos hecho de todo hasta acá, así que me animo a decirte que pronto va a haber novedades”, asegura.
Están diciéndoles no a La alumbrera, Agua rica y Filo colorado, los tres grandes emprendimientos que funcionan o están proyectados en esa región de Catamarca. La pelea de Esquel, aunque más reciente, les abrió el camino. La lucha de Gualeguaychú generó más oídos dispuestos a escuchar. En Andalgalá, Belén y Santa María, gritan cada vez más fuerte y el ambiente, además de contaminado, está caldeado.

martes, 2 de mayo de 2006

Crónicas de Gualeguaychú

Fui tres veces a Gualeguaychú.
La primera habrá sido hace como veinte años. Tendría trece o catorce. Fue durante uno de esos viajes en los que acompañaba a mi hermano en su trabajo. Esas excursiones me entusiasmaban mucho. En aquella época, él aún era viajante. Cuando llegaban mis vacaciones, nuestras salidas constituían una serie de aventuras maravillosas; no porque anduviésemos de copas o a los tiros, sino porque una lluvia de novedades me mojaban a cada paso. Todo era nuevo: desde los pueblos y ciudades, con sus semejanzas y rutinas tan desconocidas para mi percepción de cemento; hasta las particularidades de cada lugar, pasando por las estadías en los hoteles, pues las giras duraban tres o cuatro días, según la distancia a recorrer.
En uno de esos viajes, paramos tanto en Colón como en Gualeguaychú. Estaba tan poco difundida la belleza de la región, que nos reprochamos no haber llevado nuestros trajes de baño para arrojarnos en los preciosos balnearios a la vera del Río Uruguay. Sobre todo durante las horas de la siesta, en las que obviamente no se podía trabajar, pues la ciudad entera dormía. La onda era caminar por los negocios intentando vender llaveros para luego armar los pedidos recolectados entre la mercadería que quedaba en el auto. Esa era la parte que más me gustaba: separar modelos frente al baúl abierto.
No sé si habrá sido aquella vez -ayudemos al recuerdo a que sí, pues sería más bonito y oportuno-, que mientras íbamos en la ruta, con el Fiat 128 Súper Europa, Luis me contó una película entera sin que dejara de prestarle atención un sólo segundo. Era una en la que dos estudiantes (Rob Lowe y Andrew McCarthy) se hacían amigos en la Universidad. Allí, uno (Lowe) le cuenta al otro que cada vez que va al pueblo tiene un romance con una mujer mayor y preciosa; así, hasta que caen en la cuenta de que ella es la madre del personaje de McCarthy, y eso desata un desencuentro, claro.
Muchos años después, de casualidad, vi la peli en el cable. Se llama Class. Durante el relato de la ruta, él me había transmitido cierto erotismo cuando se refería a la mujer. Bastó que llegara a ver algunas escenas de Jacqueline Bisset allí para entenderlo todo. También en esos aspectos, descubriendo sensaciones nuevas dentro de mí, la aventura era total. Supongo que la adolescencia es una aventura permanente en ese sentido; y quizá la vida también pudiera serlo si uno supiera vivirla.

La segunda vez que llegué fue de paso. En el verano del ’93 mis vacaciones se repartieron entre Montevideo y Punta del Este y cruzamos hacia Uruguay por el hoy célebre puente internacional General San Martín. Íbamos Gustavo Suárez y yo en el Ford Galaxi de su padre. Era casi una pulseada ideológica: Gustavo se reconoce de derecha, yo no sé qué seré pero seguro que eso no. Fuimos a La Meca del menemismo en su apogeo; puaj, pero aun así me generaba expectativas inexplicables pasar las vacaciones en tierra enemiga (por menemista, no por uruguaya). En la frontera nos dimos (dieron) cuenta de que no podríamos cruzar. El auto estaba a nombre del dueño, el papá de mi amigo, y no había parentesco que sorteara la situación. Nos explicaron que el problema se solucionaría mediante una nota del padre autorizando al hijo a cambiar de país con su auto. Algo totalmente razonable por cierto, pero que nuestro apuro y cierta insensatez juvenil no habían alcanzado a prevenir. Sin mail ni fax (por razones de época, lamento admitir), la salida fue un telegrama que recién se recibiría al día siguiente. Esa noche, entonces, nos quedamos en Gualeguaychú en pleno carnaval. Al regreso de ese viaje también pasamos por allí, aunque ya por elección. Nos había ido bien durante el carnaval.
En todas esas ocasiones un pensamiento me recorrió a modo de denominador común: la naturaleza, la mano de dios (antes de que Maradona se la quedara para si en alguno de sus coqueteos con el diablo) o lo que fuere, había tenido mucho cuidado y buen gusto con esa ribera.
La tercera vez fue para la gran marcha del 30 de abril de este año, que conmemoraba la del 2005.
Gualeguaychú está muy cambiada, y mi percepción de algunas cosas también (aunque la Bisset me siga calentando). Su belleza me resultó mucho más impactante que cualquiera de las otras oportunidades. Todavía no puedo creer el grado de participación, entusiasmo y racionalidad política que tienen sus habitantes, y me sorprende que hayan logrado mantener esas virtudes durante estos tres años de lucha. Resabios de diciembre del dos mil uno. Ante experiencias como éstas, es fácil reconocer el sello que aquellos días marcaron en muchas cabezas. El aire que allí se respira tiene el mismo aroma que ese ayer. Ahora que lo pienso, tal vez por eso las pasteras comenzaron a construirse desde la chimenea. Cuando nos subimos a lo más alto que nos permitieron llegar en el puente, la vista era impresionante. Además del Río Uruguay que empieza a imponerse en su codeo con las tierras, allí cerca, enfrente, es imposible no quedarse con la mirada puesta en ese mástil imponente que es la chimenea de Botnia. Lejos de tener bandera –el dinero no lo tiene-, de ahí saldrán las toxicidades propias de la quema de la madera y los químicos que se utilizarán para apurar el proceso. Quizás haya que sofocar velozmente ese aire purificado por la lucha. Están a punto de perder lo mejor que tienen pero, sin embargo, aún conservan alegría y energía para seguir intentando ganar la pulseada ante el imperio más poderoso y duradero de la historia moderna: el imperio del dinero.
El habitante gualeguaychuense (toda una paradoja, el gentilicio es mezcla de Gualeguaychú y Ence, la empresa española expulsada por la lucha) ha logrado aprovechar esas riquezas naturales para su subsistencia, haciendo del turismo uno de los sostenes fundamentales de la comunidad. Nadie puede suponer que mantendrán la cantidad de turistas con, al menos, el olor que todos coinciden será tan inevitable como insoportable si finalmente se instalaran las papeleras. Solamente esa razón alcanza para entender que no tengan otra consigna que no a las papeleras. Luego, es cierto, habrá que anotar una exagerada postura en defensa del medio ambiente, que también tiene una pizca de hipocresía. Uno de los policías de tránsito que trabajó arduamente para ordenar la caravana en la multitudinaria marcha del treinta de abril, contaba un chiste:
-Va un paisano a la iglesia y se pone a rezar: “por favor diosito mío, ayúdanos en esta lucha por la preservación del medio ambiente. Necesitamos que nos protejas de estos desalmados que destruyen al ecosistema. Sólo con tu ayuda podremos vencerlos para seguir cosechando... soja transgénica”.
La marcha que conmemoró a la gigante del año pasado tuvo el doble de concurrencia. Casi ochenta mil personas en una ciudad de noventa mil habitantes; casi toda la ciudad más miles de visitantes de otras partes del país. La jornada entera estuvo cruzada por un entusiasmo y una alegría que contagian. A lo largo del puente (demasiado extenso para alguien acostumbrado a marchar por el recorrido Congreso-Plaza de Mayo), los equipos de sonido repiten una y otra vez todas las canciones que nacieron motivadas por la cuestión. Las hay con todos los ritmos, incluyendo una que tiene versos demasiado racionales, como que si no contaminan Tabaré las lleve a Punta del Este o Kirchner al Glaciar Perito Moreno. Después de un día completo escuchándolas, el viaje de vuelta será silbándolas alternativamente; no habrá manera de evitarlo. Otro dato llamativo fue habernos tenido que acostumbrar a participar de una marcha en la que todos estábamos del mismo lado: hasta los gendarmes y los policías estaban a favor de la manifestación. Fue la primera vez que sentí esa sensación y, debo reconocerlo, me resultó demasiado extraña.
Los medios, mientras tanto, han contribuido una vez más a la confusión. Sobre todo cuando llaman ambientalistas a los vecinos de la Asamblea. Juan Veronesi, uno de los que participan activamente de la movida, nos recibió en su local de productos regionales. Entre los aromas de los quesos y salamines que se cruzaban con el almuerzo que estaba preparando su esposa en la casa del fondo, Juan nos dijo: “nosotros no somos ambientalistas. Ellos han sido los pioneros de esta lucha porque, con sus conferencias, lograron que nos fuésemos enterando. Yo soy un ciudadano común, no me puedo llamar ambientalista”.
También nos ratificó un dato que habíamos recibido de otro vecino: los niños fueron fundamentales en la toma de conciencia de los mayores. Parece que los ambientalistas interesaron a los maestros, éstos comenzaron a explicar en las escuelas lo que podría llegar a suceder y, de regreso a casa, los menores preguntaron a sus padres que, en su mayoría, comenzaron a asistir a las conferencias para enterarse de la situación, pues no tenían respuestas para sus chicos.
En general, como casi todo el mundo, reconocen que si no hubieran cortado la ruta a la altura de Arroyo verde (ahora Trinchera Arroyo verde), nadie estaría hablando del tema. Están en la misma situación que los desocupados, que sólo son recordados cuando ocasionan algún congestionamiento de tránsito, aunque aquellos se apuren para aclarar que no son piqueteros. Causa mucha gracia que intenten explicar por qué no lo son. Sobre todo cuando dicen que es porque ellos no van con la cara tapada, ni con palos, ni rompen vidrieras... En fin, son piqueteros, les guste o no. Les da un poco de asquito reconocerlo nomás, porque son básicamente clase media.
Recuerdo que en aquel viaje menemista, en la escala en Montevideo, no pude creer estar disfrutando de las playas de allí, bañándome en el mismo Río de la Plata que nuestras industrias, de este lado, destruyeron. Entonces pensé que los uruguayos eran mucho más inteligentes que nosotros, entre otras cosas por eso. Ahora plantean algo así como: “ustedes ya destruyeron todo y viven como la mierda, entonces no tienen autoridad moral para repudiarnos”. Es cierto, hicimos todo mal, nuestra docena de papeleras están ahí, pero la política de Estado que lleva adelante Uruguay, en todo caso, es tan indefendible como la nuestra.
César Vega es ingeniero agrónomo, militante del Frente Amplio y tan uruguayo como su termo en la axila. Conduce un programa dedicado al agro -“el más escuchado”, dice sin sonrojarse- en Radio Centenario de Montevideo, una emisora que el Frente abrió con unos dólares conseguidos en los setenta. Fue a Gualeguaychú para la marcha porque está en contra de la política de su partido, de su presidente: “el proyecto del eucalipto no le sirve a ningún país. En esta zona del mundo, donde hay plantado un eucalipto llueven 22,25 litros y ese árbol consume por lo menos el doble; por eso es que se seca la tierra. Hoy tenemos la vergüenza que en algunos departamentos del litoral les estén llevando a los pequeños productores el agua, porque se les terminó”. Parece concluyente, pero sigue: “además tú te volvés dependiente. Donde hay plantados eucaliptos no podés plantar otra cosa. En el caso de la soja, los pueblos no deberían estar muy de acuerdo con plantarla porque es un producto híbrido, transgénico y complicado; pero donde hay soja, al año siguiente podés plantar otra cosa y donde hay eucaliptos no. Hay documentos que dicen que comenzaron a plantar hace treinta o cuarenta años para que cuando hubiera suficiente se instalaran las pulperas. De setecientas mil hectáreas forestadas, en Uruguay hoy existen quinientas mil con eucaliptos y, que casualidad, eso da para tres o cuatro pulperas ¿Tú creés que vamos a poder controlar a esas empresas?”. La verdad que no che.
Pero volviendo a la Asamblea, acostumbrado a las organizaciones sociales o políticas que le hacen reverencias al presidente o, por oposición, niegan algunos aciertos kirchneristas, aún me dura el asombro por cómo hacen política los asambleístas. Lucharon años para que a los políticos les importara resolver el asunto. Cuando lograron que Kirchner se hiciera cargo del asunto y hasta siguiera la política que le recomendaba la Asamblea, acudiendo al Tribunal Internacional de La Haya, quizá ya era tarde. Podría demostrarlo que Ence, la española, se retiró del negocio, entre otras cosas, porque aún no había construido más que un pequeño puerto; Botnia, en cambio, cuando K hizo de este tema una “causa nacional”, ya tenía construida cerca del cuarenta por ciento de la planta y otro tanto del barrio en el que vivirán los trabajadores especializados que llegarán desde Europa.
Hoy, mientras escribo estas líneas, la Asamblea está cerca de reunirse para decidir si levantan el corte que comenzaron el viernes o lo continúan. Como actores políticos que son, han tenido una idea poco feliz en esta ocasión: levantar un muro simbólico en Arroyo verde. Si bien explicaron que no es un muro que ellos hayan construido, sino que simboliza al que están construyendo los gobiernos de ambos países con su inoperancia, la oportunidad no parece ser propicia. Estados Unidos levanta uno para separarse de México e Israel ya lo hizo con lo que será parte del Estado Palestino. No los comparo, porque los asambleístas lo van a derribar cuando levanten el corte, pero el muro de la ruta parece ser un síntoma más que un símbolo. Cada día que pasa, no sólo avanza la construcción de Botnia, también se hace carne el objetivo del capital: hacernos pelear entre nosotros, mientras ellos facturan lo suyo y destruyen lo nuestro.

Fernando Tebele

miércoles, 2 de noviembre de 2005

Primer Encuentro Latinoamericano de Fábricas recuperadas

Con la participación de 209 empresas se llevó a cabo en Caracas, durante el 27, 28 y 29 de octubre, el l Encuentro Latinoamericano de Empresas Recuperadas por los Trabajadores. Los representantes de fábricas de Argentina, Brasil, Ecuador, Nicaragua, Perú, Paraguay, Uruguay y Venezuela se reunieron allí para avanzar en diferentes acuerdos bajo los principios de solidaridad, cooperación, complementariedad y reciprocidad. Además de las rondas de intercambio, se realizaron otras de carácter sindical y de trabajadores. Este primer encuentro dejó tan eufóricos a sus convocantes que ya se conoce la fecha del segundo: junio de 2006.

“Lo que más me emocionó del encuentro fue ver a un presidente, en un teatro, anunciando expropiaciones de empresas a favor de los trabajadores”. El que cuenta sus sensaciones, incrédulo y emocionado, es Cándido González. El mismo que, en el acto de apertura del Primer Encuentro Latinoamericano de Empresas Recuperadas por los Trabajadores, en el escenario del Teatro Teresa Carreño, dijo escuetamente: “agradecemos al gobierno y al pueblo de Venezuela y sólo voy a repetir la consigna de nuestro movimiento: ocupar, resistir y producir”, al tiempo que golpeaba con su puño derecho la palma izquierda al ritmo de sus tres palabras mágicas. Cándido es integrante de la Cooperativa Chilavert Artes Gráficas, una imprenta que pertenece al Movimiento Nacional de Empresas Recuperadas (Mner), de Argentina; quien, en ese marco, anunció la expropiación de tres empresas, la siderúrgica Sideroca y la azucarera Cumanacoa es el presidente venezolano Hugo Chávez Frías. Esa escena resultó salida de alguna película de ciencia ficción para los trabajadores argentinos, acostumbrados a tener que romper candados para reingresar a sus lugares de trabajo, pasando las noches allí para evitar los desalojos, y a tener que movilizarse permanentemente para forzar las decisiones de sus gobiernos.
El encuentro, pensado como una rueda de intercambio (lo que entre capitalistas sería una ronda de negocios), había comenzado esa misma mañana del 27 de octubre con reuniones de trabajo entre cooperativas llegadas en su mayoría desde Argentina, Brasil, Uruguay, Paraguay, Perú, Ecuador y, claro, Venezuela, que aportó la presencia de sus empresas y también la de representantes estatales. El Hotel Anauco fue el espacio escogido para buena parte de las citas, realizadas durante dos jornadas. El tercer día, el 29, se utilizó para debatir un documento final que se dio a conocer por la tarde leído por Johnny Ríos, trabajador de Caigua, otra fábrica venezolana que espera por la expropiación mientras produce jugo de tomate.

Los anuncios de Chávez
Venezuela fue el principal impulsor del encuentro. A través del Ministerio de trabajo, su primera figura, María Cristina Iglesias y una serie de asesores comandados por Elio Colmenares, trabajaron desde varios meses atrás tomando contacto con cada una de las delegaciones en sus propios países. Por ese apoyo esperanzador, además de por todo lo que representa para mucha gente que lo vio de cerca por primera vez, el discurso de Chávez fue esperado con demasiada ansiedad. Mientras, una serie de personalidades de los demás países tomaron la palabra. Así fueron pasando el Ministro de trabajo de Uruguay, Eduardo Bonomi; delegados de centrales obreras de Brasil, Uruguay y Argentina, entre otros; el diputado nacional argentino José Roselli, entre diferentes parlamentarios latinoamericanos y la encendida Susana Máspero de la Unión Nacional de Trabajores (UNT) de Venezuela, por cierto una de las más festejadas intervenciones.
Cuando arribó, Chávez ocupó sin demoras el espacio reservado para los oradores y no tardó en comenzar resaltando la importancia del encuentro: “eventos como este nunca se dieron antes en América Latina, creo que son señales, creo que son signos de una nueva oportunidad, de las varias que hemos tenido en estas tierras, para construir una Patria grande, verdadera, donde quepamos todos en igualdad, en libertad y viviendo como hermanos”. Resaltó el valor del americanismo, en el mejor de los sentidos: “vaya usted a saber cómo sería la historia hoy y cómo sería la realidad hoy en América si aquel
proyecto de Bolívar, San Martín, Artigas, OHiggins, Sucre y cuántos otros, se hubiese concretado: la unión del Sur. Ellos no pudieron, pudo más el proyecto de Norteamérica. Uno va por el mundo, y americanos son los estadounidenses, y nosotros ¿qué somos? ¡Somos tan
americanos como ellos!, sólo que somos de la América india, negra y ligada con lo blanco, esta América mágica”.
Sorprendiendo a propios y extraños, el líder de la Revolución Bolivariana anunció, durante la apertura de este primer encuentro, la realización del segundo: “hago ese llamado, a que no desperdiciemos esta oportunidad de hacer Patria y de hacer posible eso que decimos hace tiempo ya: un mundo distinto, un mundo nuevo, mejor, posible y necesario; y este evento tiene esa carga; y qué sé yo si para el segundo encuentro, que me dicen que ya se está planificando para el próximo año, pudieran venir trabajadores estadounidenses y canadienses también, ¿no?”.

Ahora, Empresur
Chávez dio un paso más en esa integración suramericana cuando propuso “ir elaborando lo que pudiera ser una inmensa red; una red, verdadera unión, no sólo de empresas recuperadas”. Partiendo de los antecedentes de Petrosur, Petrocaribe y Telesur, insistió con la necesidad de crear un Banco del Sur: “cada día la propuesta va tomando más forma, cada día es oída con más atención por compañeros, por presidentes, por movimientos, por pueblos; un Banco del Sur para no tener todas las reservas internacionales en el norte del mundo, el Norte desarrollado; Así como proponemos estas cosas que sólo pueden hacerse a nivel de gobiernos, como el Banco del Sur que sólo pueden hacerlo los gobiernos y las instituciones, los bancos centrales, en una primera instancia digamos, institucional; lo mismo Petrosur, nuestras empresas petroleras, pero ustedes pueden también, es decir, nosotros podemos también a nivel ya no de los gobiernos, ojalá con el apoyo de los gobiernos, ojalá con el apoyo de nuestros congresos, ojalá con el apoyo de las instituciones, la clase obrera, comenzando por ustedes, trabajadores de las empresas recuperadas, podemos ir armando también... digo yo una red unitaria, se me ocurre Empresur... sería Empresas Recuperadas del Sur ¿no? Bueno, esa red, como decidan ustedes llamarla, debe nacer de empresas recuperadas de Suramérica, de Latinoamérica y del Caribe, debe ser pronto una realidad, y este es el primer paso hacia ella”. Entonces fue cuando anunció las expropiaciones de Sideroca, Cumanacoa y también mencionó a Caigua: “mándenme un potecito de la salsa de tomate para probarla”, les dijo, con complicidad, a los eufóricos trabajadores, para luego dejarles en claro el concepto de empresa que les propone el gobierno: “ahora aquí es donde entra a jugar su papel la conciencia de la clase obrera, ¿por qué? Porque nosotros no vamos a expropiar la Central Cumanacoa, por ejemplo, para que entonces los trabajadores de la Central se adueñen de ella y se hagan ricos pasado mañana. ¿Verdad que no? Yo sé que no, tampoco Sideroca”.

El sur como concepto político
Allí Chávez se detuvo para hacer una aclaración, quizá risueña, pero profundamente política: “tomando en cuenta para los compañeros de México, o de Centroamérica y del Caribe, el Sur para nosotros es mucho más que un concepto geográfico, el Sur es un concepto político, incluso, diría yo hasta ideológico, porque una vez aquí en una reunión, a mi se me ocurrió hablar del Sur, del Sur, del Sur y por allá se paró con mucho respeto un amigo mexicano; y dijo entonces, ‘bueno Presidente y nosotros ¿para dónde vamos entonces? ¿Qué hacemos nosotros? Si usted dice que pobrecito México, tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos; y ahora usted plantea, sólo el sur y ¿nosotros qué somos?’ Le dije yo: compañero, ustedes para nosotros
son del Sur, para mi México es del Sur, porque es un concepto distinto al geográfico, que trasciende a lo geográfico”.

Los acuerdos
Chávez se dio tiempo para anunciar los primeros acuerdos que se habían logrado por la mañana: “en Uruguay hay una fábrica de cauchos llamada Funsa. Bueno, nosotros ya estamos haciendo un convenio de complementariedad, y hacia allá es que quiero y queremos impulsar todo esto, hasta donde podamos, no hay límites a la vista. Ellos aportan conocimiento, transferencia tecnológica, capacidad organizativa, asesoran para nosotros montar aquí una empresa morocha o similar con trabajadores venezolanos y a lo mejor se vienen unos uruguayos para acá, ¿por qué no?, y a lo mejor se van unos venezolanos para allá”. Los acuerdos con la fábrica de pieles Midobers y Cristalería Uruguay y con las cinco empresas recuperadas que hay en Brasil, también fueron enumerados por el presidente.
También informó el establecimiento de un fondo de capital semilla de 5 millones de dólares para dar apoyo financiero a estos acuerdos.
El 51% de los 142 acuerdos fueron alcanzados por empresas argentinas, que fueron la delegación más numerosa con 100 fábricas y 300 trabajadores asistentes. Venezuela participó del 34% de los acuerdos y Uruguay los siguió con el 8%.
Los acuerdos se desdoblaron en cartas de intención y cartas de compromiso, según el grado de progreso que se hubiera alcanzado en las tratativas. Sólo resta avanzar en la práctica para que los acuerdos no queden como meros anuncios. Al cierre de esta edición de América XXI, ya había llegado el primer cargamento de materia prima desde Venezuela para la brasileña Cipla y las empresas uruguayas disponían de un capital semilla. En Argentina, entretanto, continuaban a la expectativa de poder avanzar con los acuerdos firmados.
Más allá de la diversidad del proceso de recuperación de fábricas, los trabajadores que las impulsan están unidos por la esperanza que les genera saberse muchos y de diferentes países, y haber logrado conectarse en el marco del Encuentro.
Será por eso que, el documento que aportó el MNER de Argentina, cita una frase del periodista-militante argentino Rodolfo Walsh, muerto en 1977 a manos de la dictadura militar que gobernó ese país desde 1976 hasta 1983: “nuestras clases dominantes han procurado siempre que los trabajadores no tengan historia, no tengan doctrina, no tengan héroes y mártires. Cada lucha debe empezar de nuevo, separada de las luchas anteriores: la experiencia colectiva se pierde, las lecciones se olvidan. La historia parece así como propiedad privada cuyos dueños son los dueños de todas las otras cosas. Pero esta vez es posible que se quiebre ese círculo."
Esa es la apuesta de todos los que estuvieron en Caracas por esos días.

El socialismo de Rosinés
Cuando el 1 de Mayo Chávez proclamó en un acto público que Venezuela iba camino al socialismo del siglo XXl, comenzó un debate, que aún se sostiene, acerca de cómo tendría que ser esa nueva experiencia política y social. Entre aclaraciones en el sentido de si está bien o mal ser rico, Chávez utilizó una anécdota familiar para poner sobre papel, sencillamente, cuál es su visión del socialismo del siglo XXl; o, al menos, la visión de su hija: “a Rosinés, mi hija, un día le
hablaba yo de estas cosas, del rico y del pobre, y del socialismo, y ella me preguntó: ’¿papi, qué es eso que tu andas ahora diciendo del socialismo?’ Entonces me hizo un dibujo, y puso arriba una casa grande y puso ‘rico’ y abajo una casa chiquitica y sin colores... a la de arriba le puso muchos y a la de abajo le puso ‘pobre’; entonces hizo en el medio una casa como mediana y muy bonita con flores y puso arriba, ‘así no’, y abajo, ‘así no’, y en el medio ‘así sí’. Ella entendió así la cosa; y a ese dibujo yo le puse un nombre, le dije: ¿me permites que le ponga nombre a este dibujo?: el socialismo de Rosinés.

“El capitalismo es el infierno”
Tratando de explicar en qué estación del camino al socialismo se encuentra la Revolución Bolivariana, Chávez volvió a citar a Bolívar: “¿saben qué decía: ‘paciencia y más paciencia, constancia y más
constancia, trabajo y más trabajo para tener Patria’. Para transitar desde el capitalismo en que vivimos al postcapitalismo, habrá que tener mucha paciencia y ese postcapitalismo debe irse convirtiendo progresivamente en un presocialismo; no podemos aquí apresurarnos, no podemos aquí desesperarnos ¡no! Hay que tener conciencia de que es un proceso a largo plazo, siempre lo ha sido, siempre lo ha sido; pero cada día el capitalismo, va quedando más desenmascarado ante nuestros pueblos y nosotros debemos encargarnos de que esa conciencia se incremente; el capitalismo es el camino al infierno, es el reino del egoísmo, es el reino de la injusticia, de la desigualdad” y utilizó figuras bíblicas para marcar las diferencias de modelos: “el socialismo en cambio, yo, que soy católico y muy cristiano, digo que cuando Cristo vino a anunciar el reino nuevo, es decir, el reino de la igualdad, de la justicia y por tanto de la paz, vino aquí al mundo a ofrecerlo aquí, a anunciarlo aquí; no vino a decir que era otro
mundo más allá, no, no hay más allá; es el más acá, el reino de la igualdad, de la justicia y de la paz que es posible aquí, y aquí tenemos que construirlo. Por eso digo que Cristo fue el primer socialista de nuestra era; y que Judas fue el primer capitalista de nuestra
era, ahí están el socialismo y el capitalismo; pues nosotros, parte de la tarea del movimiento obrero debe ser la tarea de la conciencia. La tarea de potenciar la conciencia es tarea de todos los días”.
Efectivamente, es tarea de todos los días. Así, casi sin proponérselo, decenas de miles de trabajadores latinoamericanos recuperaron sus fábricas, modificaron sus conciencias, en muchos casos superaron a sus dirigencias y construyeron esta realidad que es tomada cada vez más por otras manos latinoamericanas. Manos que pelean, que aprietan puños. Puños que golpean allí, donde hay que pegar: en el pecho del capitalismo. Un pecho que no tiene corazón.

Fernando Tebele y María Eugenia Otero
(esta nota fue publicada originalmente en la revista venezolana América XXI)

martes, 1 de noviembre de 2005

Fábricas recuperadas en Latinoamérica

Las experiencias de fábricas recuperadas en los países latinoamericanos son bien diferentes entre sí. En general, esa diversidad está marcada por el apoyo o el rechazo que los trabajadores tengan de parte de las instituciones (gobiernos, sindicatos, centrales obreras, etc.).
El cuadro más referencial, por haber sido el primero y, hasta ahora, el que más empresas involucra, es el de Argentina, que también es uno de los más complejos de pintar. Las primeras fábricas comenzaron a ser recuperadas por finales de los ’90, bajo el gobierno neoliberal de Carlos Menem.
El Movimiento Nacional de Empresas Recuperadas (MNER) surgió naturalmente en la medida que aumentaba el número de casos. En el momento de las elecciones presidenciales de 2003 que terminaron consagrando a Néstor Kirchner como presidente el movimiento se dividió: Eduardo Murúa quedó como principal referente del MNER, mientras que Luis Caro, el abogado de muchas fábricas (que se presentó a esas elecciones dentro de una alianza de derecha), fundó el Movimiento de Fábricas Recuperadas por sus Trabajadores. Murúa tiene una clara posición opositora al gobierno de Kirchner, lo que motivó, según pudimos averiguar, varios intentos de la cancillería argentina por detener la realización del encuentro en Caracas, primero, y de presionar a sus pares venezolanos para que Murúa ocupara un lugar secundario, después. En una actitud destacable, el MNER, convocante argentino del encuentro, decidió invitar a trabajadores de fábricas de diferentes tendencias, intentando así que todo el rico proceso argentino fuera representado en Caracas.
En Argentina, los trabajadores no sólo tuvieron que pelear contra sus gobiernos, sino también, salvo muy pocas excepciones, contra sus propios sindicatos. La mayoría son cooperativas y superan largamente las 150. Pelean permanentemente por lograr que el Estado las ayude financieramente. Sólo algunas accedieron a la ayuda estatal, generalmente las políticamente más cercanas al gobierno central.
En ciertas fábricas, como IMPA y Chilavert entre otras, funcionan Centros Culturales que contribuyen a vincular a los trabajadores con la comunidad. Las obras de Sebastián Maissa que forman parte de este reporte fueron realizadas en La Fábrica, Ciudad Cultural, un espacio que funciona dentro de la metalúrgica IMPA.
Algunas cooperativas son la textil Brukman; la metalúrgica Crometal; Impopar, que fabrica calefactores y termotanques; el periódico Comercio y Justicia de la provincia de Córdoba y el frigorífico Yaguané. Otras, como Fasinpat (Fábrica sin Patrones, antes Cerámicas Zanón) o la alimenticia Sasetru, piden que el Estado nacionalice las empresas bajo gestión obrera. También cabe destacar la tarea de FECOTRA (Federación de Cooperativas de Trabajo de Argentina) que acompaña el proceso en varias empresas.
En Brasil la situación es diferente a la argentina. Allí las empresas están directamente relacionadas con la Central Única de Trabajadores (CUT). Tienen una sola línea política: pedir que el Estado se haga cargo de las empresas. Lo explica Serge Goulart: “nosotros no tenemos nada en contra de las cooperativas, pero no compartimos la idea de ‘economía solidaria’, que es un bellísimo nombre pero encierra la trampa que todos los miembros de la cooperativa son patrones, que no son más obreros y cuando se vuelvan ricos se apartarán de las luchas sociales. Además, la cooperativa hacia fuera tiene que competir con otras empresas capitalistas, peleando contra sus propios hermanos de clase. Si la cooperativa es un camino de transición para poder comprar y vender, está bien; pero si nos entendemos como cooperativistas sólo vamos a querer que nuestra empresa nos deje ‘gordos’ y así nos apartaremos de la lucha. En Brasil, la cooperativa más antigua ya no participa de la lucha política. Además, si una empresa cooperativa quiere ser sepultada por una transnacional, le ponen una igual al lado y ya no existe más. Te doy un ejemplo: en el encuentro se anunció un acuerdo entre Venezuela y Cipla (industria plástica de más de 1000 trabajadores). En cuanto se enteraron los de la multinacional que es su competencia, comenzaron a llamar para decir que estos acuerdos violan la reglamentación de la Organización Mundial de Comercio (OMC)”. Las recuperadas brasileñas no alcanzan la decena, pero son fábricas importantes.
También en Uruguay las empresas están nucleadas en la central obrera única: PIT-CNT. Son 18 fábricas, reúnen a más de 1000 trabajadores y todas están produciendo . En algunos casos tuvieron que asociarse con un capitalista. Así ocurre en Enticor, una empresa de conectores eléctricos, que tiene un inversor peruano como dueño del 51% de las acciones, mientras lo trabajadores poseen el resto. Reinaldo Martínez nos cuenta que “ahora, con el apoyo que este gobierno progresista nos está dando a los trabajadores, queremos hacernos del 100% de la empresa. Que el Estado le devuelva (al inversor) los 500.000 dólares que puso y nosotros nos quedamos con la empresa”. Otras fábricas son Niboplast, Funsa y Alur. Rescatan la importancia de estar dentro del mismo movimiento: “nosotros destacamos el hecho que todos los trabajadores estamos sindicalizados en el PIT-CNT. Eso nos da montones de ventajas que, por ejemplo, los argentinos no tienen porque están dispersos”.
El caso venezolano está compuesto por 13 empresas recuperadas, cogestionadas entre los trabajadores y el Estado. Según Luis Primo de la Unión Nacional de Trabajadores (UNT), “otras 60 están en un acuerdo macro, consistente en que el gobierno les otorgue créditos a cambio de la participación de los trabajadores”. Esto ocurre tras la aprobación de una ley que, ante una empresa en quiebra, faculta el Estado para otorgar créditos a los dueños a cambio de que éstos cogestionen con los trabajadores. Si los dueños rechazan la propuesta el Estado expropia y comparte la propiedad con los trabajadores.
El gobierno resalta permanentemente que no está en contra de la propiedad privada y que sólo expropia en casos extremos, como en empresas abandonadas. El caso más emblemático es el de Invepal (antes Venepal), una de aquellas 13. Los trabajadores de esta papelera solicitaron al gobierno que los ayudara a mediados de 2004, tras una severa crisis de la empresa. Hoy está cogestionada por los trabajadores y el Estado. Los primeros cuadernos de Invepal fueron entregados a los niños de las comunidades cercanas.
Unos de los casos más recientes es el de Caigua. Al momento del encuentro, los trabajadores llevaban apenas dos semanas produciendo. Estaban a la espera de la expropiación que será decretada próximamente. Entonces, el 51% será propiedad del Estado y el 49% de los trabajadores, reunidos en cooperativa. Tendrán una junta de administración conformada por dos trabajadores y un representante del gobierno.
Los trabajadores gestionan las empresas con el apoyo financiero y tecnológico del Estado. Las empresas son de producción social, “es decir que el excedente, además de ser repartido entre los trabajadores, debe dejar un beneficio a la comunidad, no en el sentido de pintar una escuela sino de ayudar a la conformación de otra producción, multiplicando el desarrollo social”, explica Jhonny Ríos, uno de los trabajadores de Caigua.
Reconocen el apoyo del gobierno como un aporte esencial para la recuperación de las empresas, en comparación con otros procesos como el argentino.
Luis Primo, de la UNT venezolana, entiende la recuperación de empresas como parte de la tradición de lucha de la clase obrera y como un eslabón más de la cadena de construcción del nuevo socialismo: “este proceso va a seguir andando. No lo va a hacer Chávez ni los gobiernos. Esto será obra de los trabajadores mismos, pues sólo ellos pueden ir al socialismo”.

Fernando Tebele y María Eugenia Otero